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sábado, 22 de marzo de 2014

El poderío de Rusia y la necesaria reforma en la ONU

La crisis en Ucrania desnudó un problema que tiene actualmente el sistema internacional: la ineficacia de las Naciones Unidas (ONU) para resolver los problemas. El crecimiento a todo nivel de Rusia y la insistencia en mantener bajo su órbita a las ex repúblicas soviéticas plantea un nuevo problema en Eurasia. Desde el Kremlin se toman decisiones que difícilmente puedan ser contrarrestadas por Estados Unidos y Europa. Quizás por ello estos últimos deberían aceptar cambios en la toma de decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU.
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Los problemas en Ucrania, país de 45 millones de habitantes, no comenzaron en 2013. Desde hace varios años que el gobierno de esta nación se encontraba en la disyuntiva de tener que elegir entre la Unión Europea y Rusia. Victor Yanukovich, ex presidente de Ucrania, estaba dispuesto a firmar un acuerdo con el bloque europeo pero fue paralizado por las presiones de Moscú. En noviembre suspendió las preparaciones del tratado con Europa y generó diversas protestas en las calles. El gobierno reprimió y profundizó las tensiones, provocando muertes de ambos bandos.

En febrero ya se podía ver un país dividido entre los proeuropeos y prorusos. En las ciudades en donde se produjeron las protestas predomina la lengua ucraniana y se caracterizan por apoyos a candidaturas proeuropeas, algo que no ocurre en las regiones del este. En este contexto a mediados de febrero el corrupto presidente Yanukovich tuvo que refugiarse en Rusia, asumiendo en Ucrania un gobierno interino que estableció lazos económicos y militares tanto con Europa como con Estados Unidos. El primer ministro, Arseniy Yatsenyuk, será el encargado de llevar adelante las riendas del país hasta las elecciones de mayo.

El creciente nacionalismo y el rol que ocupó la extrema derecha en las protestas es un llamado de atención para las nuevas autoridades ucranianas. La revolución proeuropea también provocó cierto temor en la comunidad rusa ucraniana. Con la ida de Yanukovich Europa logró su cometido, enmarcado en la política de vecindad, de atraer hacia su lado a países de la ex Unión Soviética. Bruselas y el Kremlin claramente tienen intereses contrapuestos en la zona y las decisiones de ambos no han sido negociadas. Europa se quedó con Ucrania pero Rusia no dudo en responder y bajo el objetivo de la recuperación nacional, contraataco.

Rusia y la demostración de fuerza

Con la excusa de proteger a los rusos, el presidente ruso Vladimir Putin reaccionó tomando la República Autónoma de Crimea, que es parte de Ucrania. Esta península estratégica tiene un puerto con salida al Mar Negro y es clave para el control en el suministro de gas a Medio Oriente. Allí existe una mayoría rusa de alrededor del 60% pero también conviven ucranianos y tártaros. Aunque Rusia ya tenía influencia en la zona (una enorme base militar), Putin desplegó a sus fuerzas armadas en una demostración de fuerza al mundo. Además desde Moscú se alimentan en estos días las movilizaciones separatistas en Donetsk y Jarkiv.

El principal objetivo de Rusia era anexionar a Crimea a la Federación, lo cual se llevó adelante a través de un referéndum. En ocho días el Kremlin se encargó de organizar el plebiscito sin garantías en lo que refiere a observadores, logística y campaña electoral. El resultado de la consulta no fue novedad para nadie aunque obviamente no fue aceptado ni por la Unión Europea ni por Estados Unidos. Según la comisión electoral local, más del 95% votó a favor de la reunificación y al día siguiente Putin firmó el acuerdo de incorporación, pese a la negativa de Occidente.

La multipolaridad que no es tal

La disolución en 1991 de la Unión Soviética marcó la historia: terminó con la bipolaridad de la Guerra Fría para pasar a la hegemonía norteamericana. Hoy en día el nacionalismo ruso es creciente y desde el Kremlin se busca restituir la grandeza de Rusia. Los inmensos recursos energéticos convierten a este país nuevamente en protagonista a nivel mundial. El potencial científico así como el crecimiento económico y militar renuevan las ambiciones tras la reconstrucción del país. A pesar de las sanciones políticas que Europa y Estados Unidos puedan imponerle, Putin se muestra fuerte, con una popularidad en su país que se dispara.

Surge la duda de si estamos en presencia de un orden multipolar con estas nuevas potencias crecientes o si aún se parece a la bipolaridad del siglo XX. Actualmente nos encontramos con China mirando hacia otro lado (sin entrometerse en asuntos intentos como marca su política), Europa carente de una política exterior firme e independiente y otras potencias regionales (Brasil, India, Sudáfrica, Turquía) que no encuentran el ámbito para expresarse o no tienen objetivos de liderazgo. Estados Unidos además de llevar la bandera de las libertades debería pensar en más democracia en el ámbito de las Naciones Unidas, aunque un Consejo de Seguridad más democrático no le permitiría ciertos atropellos.

Tal como sucedió en el conflicto de Siria, Rusia vuelve a mostrar fuerza en el orden internacional. La capacidad de veto en un Consejo de Seguridad que une a Europa con Estados Unidos, que tiene a China absteniéndose y Rusia por otro lado, convierte a este mundo en bipolar, tal como fue concebido en 1945. La reforma en la ONU se hace inevitable para evitar este tipo de decisiones unilaterales que toma Rusia, anexionando territorios como si nada. Un Consejo de Seguridad más amplio, democrático y sin veto seguramente ayude a concebir esa multipolaridad de los cuales muchos académicos hablan pero que no logra concretarse. 

domingo, 16 de marzo de 2014

El Salvador: la eterna polarización

La campaña para el ballotage, que se realizó el 9 de marzo, exhibió fisuras de la historia reciente salvadoreña. Los resultados ajustados entre los dos candidatos más votados en febrero y la insistencia de la derecha de un supuesto fraude electoral, polarizan a un país que parecía haber encontrado la confianza en su democracia. ARENA, partido perdedor en la contienda, tendrá que sincerarse y actuar de una forma políticamente responsable para no convertir a El Salvador en otra Venezuela.  
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Tres días después que se celebró la segunda vuelta, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) comunicó que el oficialista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) obtuvo más votos en los comicios aunque esperará resolver los recursos pendientes, presentados por la oposición, para proclamarlo ganador. El candidato del FMLN, Salvador Sánchez, venció por 0,22%, unos seis mil votos en alrededor de tres millones. Sin embargo el partido de oposición, ARENA (Alianza Republicana Nacionalista), declaró que existió fraude por la presencia de votos dobles y presentó recursos, entre ellos una petición de nulidad.

El sistema electoral del país centroamericano obliga a la realización de un ballotage si ningún candidato obtiene el 50% en primera vuelta. Eso fue lo que sucedió en febrero cuando el candidato de izquierda Sánchez obtuvo 48%, diez puntos porcentuales por encima de Norman Quijano, ex alcalde capitalino durante dos períodos. La tercera fuerza política fue Unidad del ex presidente (2004-2009) de derecha Elías Antonio Saca, expulsado del partido ARENA, que alcanzó un 11%. Por primera vez apareció un gris entre tanta polarización entre los dos polos tradicionales: izquierda y derecha.

En estas últimas semanas el objetivo de ambos candidatos fue captar los votos de Saca, meta que parece haber logrado Quijano, a pesar que Sánchez declaró que había recibido el apoyo del ex mandatario. La polarización aumentó en los días previos a la elección y la campaña se fue tornando hacia los miedos del pasado. ARENA apeló a viejos recuerdos, reagrupando el voto de la derecha y relacionando al FMLN con la Venezuela chavista, que pasa por su peor momento. A Sánchez se lo tildó como un candidato bolivariano, acusación que el presidente Mauricio Funes se preocupó por desmentir. Seguramente las confrontaciones ideológicas llevaron a que la participación en esta segunda vuelta (61%) haya sido mayor que en febrero (53%), característica que no es común en El Salvador.

Superar las diferencias históricas: la necesidad de convivir

El FMLN, que nació como un grupo guerrillero, se convirtió en partido político tras la firma de los acuerdos de paz en 1992. Fue oposición durante 17 años hasta que Mauricio Funes ganó las elecciones con un 51% de los votos en 2009. Este periodista dejará la presidencia siendo el mandatario más popular desde que finalizó la guerra civil. A diferencia de Funes, que se presentaba como un candidato sobrio sin relación con la guerrilla, el vicepresidente y ahora candidato Sánchez, fue uno de los cinco máximos jefes del grupo guerrillero. A pesar de ello se puede afirmar que el FMLN alcanzó su madurez política, llevando adelante un gobierno pragmático, moderado y lejos de las políticas de la izquierda radical latinoamericana.   

La campaña de Sánchez embanderando la izquierda moderada y con un giro hacia el centro no convenció a un electorado que parece no olvidar que fue uno de los comandantes de la guerrilla. La derecha, sin un proyecto alternativo serio, dividida, con asesores investigados y necesitando urgentemente la renovación, apeló a los miedos y fantasmas (dignos de la Guerra Fría) para retornar al poder. Una vez derrotada, la derecha tradicional debería aceptar la oferta de diálogo de Sánchez para dejar atrás la historia de violencia y poder fortalecer una democracia que siempre ha sido débil. Sin embargo la opción de Quijano parece ser otra, ya que incluso mencionó a las Fuerzas Armadas como garantes de la jornada electoral.


Sánchez debe esperar a que lo declaren oficialmente como ganador para comenzar a trabajar en la transición. Fortalecer el crecimiento económico (superar el 1.9% del PBI), continuar la lucha (o tregua) contra las maras para garantizar la seguridad ciudadana, superar la pobreza y mejorar la educación son algunos de los objetivos que tendrá para los próximos años. Además deberá lograr consensos en una nación dividida y con un sistema electoral que colabora con esta polarización entre la “oligarquía” y los “socialistas”. Estará en la madurez política de la derecha (principalmente) y en el pragmatismo de la izquierda continuar construyendo democracia en este pequeño país centroamericano, para no terminar como Venezuela.